Un repaso de las cuentas externas de Argentina

23/06/2017
Por: Ramiro Albrieu (CEDES)

De la lista de problemas a resolver, la administración de Mauricio Macri comenzó por atacar rápidamente aquellos asociados al mercado de divisas. En su primer mes de gestión resaltaron al respecto tres medidas de alto impacto: una fuerte devaluación de la moneda doméstica, una reducción de los derechos de exportación y la remoción -aunque parcial- del cepo cambiario.

 

Para los analistas estas medidas fueron interpretadas como el reconocimiento de que existían dos problemas en el frente externo. El primero, que la competitividad de la economía era baja; el segundo, que las políticas de control de la demanda de divisas (la represión financiera) eran nocivas para la economía. La poca competitividad y el cepo cambiario, a su vez, deprimían la oferta de divisas por dos razones: el sesgo anti-exportador y el cierre de los mercados financieros externos.

 

Por cumplir año y medio de aquel comienzo, podemos preguntarnos sobre los avances en esta materia.

 

Comencemos por la competitividad y el sesgo antiexportador. En el balance de mercancías resalta la constancia con la dinámica previa a la devaluación de 2015: el sector de aceites y oleaginosas como principal proveedor de divisas y el resto de los sectores –básicamente industriales– estructuralmente deficitarios. No debe extrañar: se trata de los sectores con mayores niveles de competitividad externa. El problema es que buena parte del superávit del campo se filtra en el resultado neto deficitario de los demás sectores. En los primeros cinco meses de 2017 dos de cada tres dólares provistos por el campo fueron utilizados por el resto de los sectores para el pago de mercancías.

 

¿Qué ocurrió en la cuenta de servicios? Allí  hubo algunos cambios –algunos buenos y otros no tanto. Dentro de los buenos, el principal es el dinamismo en las exportaciones de servicios técnicos y profesionales: los ingresos netos por esta cuenta crecieron un 25% en 2017 con respecto al año pasado. Dentro de los malos aparece la profundización del rojo en el rubro de viajes y turismo –que incluye los pagos con tarjeta derivados de la compra electrónica en sitios de exterior– sigue siendo la principal fuente de salida de divisas: unos 5000 millones son los egresos brutos en lo que va del año. En la suma, la cuenta de servicios registra – al igual que en 2015- un saldo deficitario. Y tan grande como para compensar la cuenta de bienes, de manera que la balanza comercial podría alcanzar un rojo de 3000 millones de dólares para el acumulado de 2017.

 

Si a ello le sumamos la cuenta de rentas, también en rojo, el panorama es uno de un déficit persistente por cuenta corriente. Así, los problemas de competitividad heredados persisten.

 

Pasemos ahora a la cuenta de capital. La apertura de los mercados internacionales ha sido muy exitosa si lo medimos en términos de flujos brutos de capital. El sector público pudo seguir un camino de ajuste gradual gracias al financiamiento externo. Y el expeditivo acuerdo con los holdouts permitió incluso el lujo de emitir un bono a 100 años. Sin embargo, allí también persisten tensiones, derivadas en buena medida de combinar la plena convertibilidad de la cuenta de capital con un mercado que en parte apuesta al alza del tipo de cambio: el sector privado no financiero es demandante neto de divisas, mientras que los bancos son relativamente neutros.   Así, es el sector público el único agente que provee las divisas por el lado de la cuenta de capital.

 

En suma, el panorama que surge para el mercado de cambios es complejo. La devaluación y la quita de retenciones no han logrado mejorar sensiblemente la competitividad de la economía y el sector exportador tradicional (el campo) más algunos brotes verdes (los servicios intensivos en conocimiento) no logran compensar la anemia del resto de la economía. La apertura a los mercados financieros externos ha dado oxígeno al gobierno para el gradualismo pero no ha logrado involucrar al sector privado en la toma de riesgo. En este contexto, la formación de activos externos “bajo el colchón” sigue alta y nada hace pensar que se reduzca en el corto plazo.  “¿De dónde vendrán dólares genuinos?” es una pregunta que aún busca su respuesta.

* publicado en el diario El Economista